martes, 27 de marzo de 2012

Exilio voluntario.


Vestirme de ciudad y echar a andar es uno de mis grandes hobbies.
Me gusta la sensación de abstracción al mirarlos a todos ustedes robotizados, yendo de un comercio a otro, hablando por el móvil, con prisa, lentos, tardíos y ajenos a cada conquista que yo hago en el centro.

Miro los edificios. Saco cálculos absurdos y mentales sobre su año de inauguración, cuantas personas y tiempo hizo falta para su construcción, cuales serían los adelantos con los que no contaban... Puedo llegar a imaginar al orgulloso arquitecto diseñándolo, a veces logro recolocar andamios con sus obreros, puedo escuchar todo el mundanal ruido propio de una obra, la gente parar a su alrededor, para observar asombrada, el ritmo al que crecía su ciudad.

Estoy segura de que se contempla en algún tipo de patología psicológica el síntoma: añorar lo que no se ha vivido, con su correspondiente receta, cálmense!







Allí estaba, en lo alto de la colina sentada y cabizbaja, balanceando lentamente las rodillas de izquierda a derecha, en tozuda viceversa. Apoyaba sus manos en el reposabrazos del sillón dónde se hallaban soledad, cuerpo y pesadumbre. Miraba sin apenas pestañear a la inmensidad hecha mar, en perfecta comunión, atardecer y soledad.

Toda ella era la desesperanza hecha imagen y sofá.

Me acercaba, con paso torpe y lento, observándola. Deleitándome. Levantó sus ojos a pocos metros de yo haber llegado a su altura, para tropezar con mi mirada desordenada, para vestir las mejillas de sus pupilas desarmadas.

Me sostuvo valiente la mirada , entonces entregué yo también mis armas y estoicamente no quebró mi mirada ante el rubor de verla desnuda.

Ya en cueros, me senté a su lado, ella volvía a perder la vista en el mar y yo era quien, dejándome atrapar por la eterna viceversa, balanceaba ahora mis rodillas.
- ¿Qué preguntas al mar? 
- Al mar nunca se pregunta. - respondió.
- ¿Por qué no?
- Porque el mar es respuesta.
Quise continuar la conversación sin saber si era demasiado absurda, abstracta o demasiado profunda.
- El mar es nostalgia - le dije.
- El mar es agua salada que en las heridas escuece, ¿hay duda de que el mar sea nostalgia? - dijo con la dosis exacta de elocuencia desenfadada.

Dejamos entonces al cómodo 
silencio largo rato susurrando... 
y el naranja se volvió azul cobalto 
y más oscuro al final de cada segundo.
- Eres extranjera. Tu acento..
- Sí.
- Por eso llorabas, por que eres emigrante y añoras tu tierra, que no es está ni remotamente cerca.
- No.
- ¿Por qué lloras entonces? - pregunté.
- Por que soy una exiliada voluntaria que ya no siente más que el veneno de la rabia. Una lacaya sin patria. - respondió irritada

Y  como un bastardo traidor el silencio regresó, esta vez en un grito mudo, tan fugaz como molesto.


- ¿Qué diferencia hay entre exiliada voluntaria y emigrante? 
Se levantó sin avisarme y el rostro de la resignación en gesto de negación, con un suspiro respondió:
- Ninguna, supongo. 

Se perdió ya vestida ladera abajo, 
con el rastro del perfecto escenario 
de nuestro burdel del fracaso improvisado 
y sin dejar ni una sola prenda atrás 
me dejó allí, con su anhelo y el mar, 
sin poder abrazar los pedazos que de ella, 
voluntarios, allí se quisieron ahogar,
sin poder encajar las trizas
que yo todavía intento componer y rescatar.